Yo y mi soledad nos conocemos desde hace tiempo, no podría decir una fecha, un año o una edad.
No apareció de golpe.
No llamó a la puerta.
No pidió permiso.
Se fue sentando a mi lado poco a poco, como se sientan las cosas que saben que vienen para quedarse.
Primero estuvo en los cambios.
En los comienzos.
En esa parte de la vida donde uno avanza, pero deja algo atrás aunque no quiera reconocer ni recordar.
Hay etapas que empiezan con ilusión.
Otras empiezan con silencio.
Y algunas empiezan con una despedida que nadie ve del todo.
Mi soledad ya me acompañaba cuando cruzó conmigo.
Me despidió en Algeciras.
Se sentó a mi lado en el barco.
Y me dio la bienvenida en Ceuta.
No hizo falta que dijera nada.
La soledad casi nunca habla al principio.
Solo acompaña.
Mira contigo el mar.
Calla contigo.
Y espera a que entiendas que ya no estás volviendo al mismo sitio del que un día te fuiste.
Porque hay regresos que no devuelven nada.
Solo cambian la forma de perderlo todo.
La noche me enseñó muchas cosas.
Los ojos aprendieron a leer e interpretarlas.
Pero fue la soledad quien se quedó después.
Cuando se apagaban las voces.
Cuando terminaba el ruido.
Cuando el coche volvía hacia base y cada uno se encerraba dentro de lo que acababa de vivir.
Porque hay una soledad que no aparece cuando estás solo.
Aparece cuando estás rodeado de gente y aun así sabes que nadie puede entrar exactamente donde tú estás.
Esa es la peor.
La que viaja llena de nombres.
La que se sienta en medio de una risa.
La que está detrás del que hace un chiste para no romperse.
La que aparece después de una llamada.
Después de una mala noticia.
Después de una decisión.
Después de una noche que no termina aunque amanezca.
Yo he visto reír a los míos.
Reír de verdad.
Con esa risa limpia que solo aparece cuando el miedo todavía no ha entrado del todo.
Y también los he visto callar.
Mirar al suelo.
Respirar más despacio.
Suspirar mas…
Cerrar una puerta sin fuerza.
Quedarse quietos como si el cuerpo hubiera llegado antes que la cabeza a entender lo ocurrido.
Ahí también estaba mi soledad.
No solo conmigo.
Con todos.
Porque cada uno lleva la suya, aunque durante un rato parezca que la patrulla, el uniforme o la conversación la mantienen lejos.
Pero no.
La soledad sabe esperar.
Es paciente.
Es educada.
No interrumpe.
Se queda detrás.
Hasta que el ruido se va.
Entonces aparece.
Y se sienta.
La soledad del que sabe y no puede contar es distinta.
No tiene que ver con secretos que pueden cambiar el mundo.
Tiene que ver con carga.
Con cosas que no entran en una conversación normal.
Con detalles que no puedes dejar encima de una mesa como quien deja unas llaves.
Con imágenes que no se explican sin ensuciar a quien escucha.
Con decisiones que fuera parecen simples, pero dentro pesan años.
Porque no todo se puede contar.
Y lo que no se cuenta no desaparece.
Se queda.
Busca sitio.
Se dobla por dentro.
Se convierte en una forma de estar.
A veces uno vuelve de la noche y no sabe muy bien a quién hablarle.
No porque no haya nadie.
Sino porque no hay palabras que lleguen limpias al otro lado.
¿Cómo cuentas el miedo sin regalarlo?
¿Cómo cuentas la violencia sin traerla contigo?
¿Cómo cuentas que has visto algo que te ha cambiado un poco, sin pedirle a quien te escucha que cargue también con eso?
Entonces callas.
Y al callar, la soledad entiende que es su momento y se queda.
Por eso a veces parece compañera.
Porque no pregunta.
No exige explicaciones.
No te obliga a ordenar lo que todavía está roto.
Solo se queda ahí.
Al lado.
Como un reflejo silencioso.
Como alguien que sabe demasiado de ti.
Mi soledad no siempre fue enemiga.
A veces me sostuvo.
Me dejó pensar.
Me ayudó a no decir de más.
Me enseñó a guardar silencio cuando el silencio era lo único digno que quedaba.
Me acompañó en noches donde hablar habría sido una forma de traicionar lo vivido.
Pero también cobró lo suyo.
Porque todo lo que acompaña demasiado termina ocupando sitio.
Y la soledad, cuando se queda, empieza a mandar.
Te separa.
Te acostumbra a no pedir.
A no explicar.
A no necesitar.
Te convence de que nadie va a entenderlo.
Y muchas veces acierta.
Ese es el problema.
Que muchas veces acierta.
Hay una soledad del regreso.
Una muy concreta.
La del cuerpo cansado y la cabeza encendida.
La del uniforme guardado mientras dentro sigue la noche.
La del silencio posterior.
La del trayecto de vuelta donde ya no pasa nada fuera, pero dentro sigue ocurriendo todo.
Esa soledad no hace ruido.
No llora.
No grita.
Solo camina detrás.
Paseante de mis regresos.
Me seguía hasta la puerta.
A veces se quedaba en la calle.
Otras entraba conmigo.
Y algunas noches no supe distinguir si volvía acompañado por ella o si era yo quien la acompañaba de vuelta.
También existe la soledad del que decide.
Esa pesa distinto.
Porque decidir te deja solo incluso cuando otros están contigo.
Puedes escuchar opiniones.
Puedes mirar alrededor.
Puedes sentir el respaldo de los tuyos.
Pero hay un segundo en el que la decisión se queda únicamente en tus manos.
Entrar.
Esperar.
Avanzar.
Parar.
Volver.
Detener.
Ese segundo no lo comparte nadie.
Luego vendrán explicaciones.
Atestados.
Informes
Consecuencias.
Aciertos.
Errores.
Pero el instante exacto de decidir es una habitación cerrada y oscura.
Y dentro solo estás tú.
Tú y tu soledad.
La soledad de la equivocación es todavía más cruel.
Porque no se marcha cuando termina el turno.
No acepta excusas fáciles.
No entiende de cansancio.
No perdona por decreto.
Se sienta enfrente y te mira.
Te obliga a repetir mentalmente lo que hiciste.
Lo que no viste.
Lo que dijiste.
Lo que callaste.
Lo que pudo ser distinto.
Y aunque nadie te culpe, ella encuentra la forma de hacerlo.
Porque hay culpas que no necesitan testigos.
Se bastan solas.
También conocí la soledad de los aplausos sordos.
La del reconocimiento que llega tarde.
O llega mal.
O llega desde alguien que no sabe lo que está aplaudiendo.
Porque hay veces que te felicitan por el resultado y tú solo recuerdas el precio.
Otros ven éxito.
Tú recuerdas la tensión.
La mirada de un compañero.
La llamada.
El segundo en que todo pudo romperse.
Y entonces el aplauso no entra.
Rebota.
Suena lejos.
Como si fuera para otro.
Como si hablaran de una noche distinta a la que tú viviste.
Esa también es soledad.
La de no poder celebrar del todo algo que por dentro todavía sangra.
Mi soledad estuvo en los comienzos.
En las despedidas.
En los regresos.
En los silencios después del ruido.
En las decisiones.
En los errores.
En los recuerdos que no encontraron dónde quedarse.
Y también estuvo cuando avancé.
Porque avanzar también deja soledades atrás.
Uno cree que al caminar se aleja de ellas.
Pero no siempre.
A veces solo cambia de soledad.
Deja una en el puerto.
Otra en el barco.
Otra en una calle.
Otra en una taquilla.
Otra en una noche.
Otra en un recuerdo.
Y sigue.
Porque hay caminos que no se hacen acompañado, aunque camines rodeado de los tuyos.
Hay partes de uno que nadie puede patrullar.
Nadie puede cubrir.
Nadie puede rescatar.
Algunas bajadas se hacen solo.
Algunos infiernos no admiten compañía.
Y aun así, mi soledad bajó conmigo.
Escalón a escalón.
La misma que me acompañó cuando creí tocar el cielo.
La misma que sonrió mis malos chistes.
La misma que entendió mis silencios.
La misma que me arropó cuando no supe explicarme.
La misma que también me encerró cuando más necesitaba salir.
Por eso no puedo hablar de ella como si fuera solo tristeza.
Sería injusto.
Mi soledad fue guía.
Refugio.
Tormento.
Compañera.
Condena.
Fue la única que no se asustó viéndome como soy de verdad.
Quizá porque ayudó a construirlas.
Y al final entendí algo:
la soledad de la noche no nace cuando todos se van.
Nace cuando vuelves con algo dentro que nadie puede escuchar del todo.
Y ahí sigue.
Callada.
Fiel.
Esperando a que se apaguen los ruidos para volver a sentarse a mi lado.
Yo y mi soledad nos conocemos desde hace tiempo.
Demasiado.
Pero hay noches en las que todavía me mira como si acabáramos de presentarnos.
Y le digo encantado de conocerte
Con una sola palabra basta…. GRANDE!
todavía quedan cosas por sacar de ahí dentro… te quiero
Esto promete muchisimo. Enhorabuena por ti. Mis felicitaciones. Eres un super…héroe🫡🫡🫡
tu si que fuieste digna de orgullo por todo lo que me enseñaste de la vida. espero que te esté gustando… lo mejor está por llegar