LEER UN CAPÍTULO
Este capítulo ha sido elegido porque puede leerse de forma independiente y no desvela la trama de la novela. Se publica íntegro para que cada lector pueda formarse su propia opinión.
ASIGNATURA PENDIENTE
Negro, como los crespones que marcarán para siempre esa maldita fecha en el calendario.
Vergüenza, la que tiñe para siempre la memoria.
Deshonra, la que sintió Ceuta por tres de sus hijos.
Cobarde, irracional, abominable, atroz y sádico, palabras cortas por no existir otras que describan la repulsa que dejó aquel acto, ni el silencio que se mantuvo después.
Aún hoy, quienes vivimos aquello sentimos cómo la herida que abrieron sigue sangrando, porque hay recuerdos que pesan más que el tiempo y motivos que no caben en la razón.
No voy a decir sus nombres para evitarles protagonismo. Ni siquiera los nombraré de manera ficticia, para no ensuciar otros nombres. Por eso serán «uno», «dos» y «tres», y ojalá la historia los recuerde así.
Hace años decidieron que en el colegio no iban a aprender lo que la calle enseña. Con temprana edad vieron que su futuro estaba lejos del esfuerzo por conseguir una nómina mensual y cerca de lo que veían en su entorno.
El hermano de «uno», en prisión por homicidio, no pudo compartir con su héroe más que una visita semanal en la cárcel, donde al verse se entretenían intercambiando fechorías.
La hermana de «dos», en primeras nupcias, se casó con un conocido traficante de drogas y, al entrar este en prisión, se casó de segundas con un islamista radical.
Y «tres» tiene un hermano fugado en Marruecos, ya que la justicia lo busca por varios delitos de robos con violencia e intimidación con arma de fuego.
Las inmediaciones de la frontera del Tarajal eran el lugar que escogieron para matricularse en la licenciatura de delincuencia, pudiendo desarrollar cada una de las asignaturas necesarias para el futuro que habían deseado.
En la teoría eran muy aplicados. Cada tarde escuchaban sin perder detalle cómo los mayores de su barrio, esos a quienes tenían como espejos y en los que ansiaban verse reflejados, contaban una tras otra sus hazañas.
Sacando con nota la parte práctica, a la que dedicaban el mayor tiempo, como hienas carroñeras esperando la debilidad y oportunidad de sus víctimas, que siempre llegaba presentándose en forma de porteadora anciana o porteador fuera del redil.
Así empezaron con lo fácil, continuaron con los ciclomotores que llevaban a un garito donde los despiezaban y posteriormente alguien los pasaba a Marruecos.
Ponían tanto empeño que pronto se ganaron su ansiado lugar. Se empezó a hablar de ellos, pero les quedaba una asignatura pendiente… matar.
Ese día hasta el sol quiso evitar ser testigo. Prefirió ocultarse tras unas nubes para no ver lo que estaban tramando tres jóvenes de quince años.
«Tres» les dijo a sus dos amigos:
—Qué se debe sentir cuando pinchas a alguien hasta dejarlo muerto.
—Llevo tiempo queriendo hacerlo —contestó «dos», algo exaltado al enterarse de que su amigo tenía sus mismas inquietudes.
La respuesta de «tres», aunque no la esperaban, tampoco cogió de sorpresa a ninguno.
—Tenemos que hacerlo antes de tener los dieciséis, después son más problemas.
Tres cabezas con una misma idea, tres caras iluminadas, tres diablos haciendo escrutinio de quien pudiera satisfacer esa sed.
«Dos» hizo un gesto con la cabeza señalando al elegido. No dijo nada.
Se acercó a él con la mirada fija en la presa. De forma instintiva, cada uno de ellos comprobó que en sus bolsillos seguía estando lo que necesitaban: una navaja automática, otra navaja denominada siete muelles y una finita.
Cinco horas antes, en el pueblo marroquí de Fnidek:
Hanna se había levantado media hora antes que su marido. Como todas las mañanas, le había preparado el desayuno. Mientras se calentaba el café, puso queso agrio con un pedazo de pan envuelto en un trozo de papel de aluminio. Cuando estuvo todo listo, avisó a Said sin hacer ruido para no despertar a sus dos hijos pequeños, Hamido, de cinco años, y Yousef, de cuatro. En esas paredes estaba todo su mundo y lo que necesitaba para ser feliz.
Se aseó, se vistió y desayunó junto a Hanna, que lo miraba igual de enamorada que aquel día en el que él se presentó junto a su familia en la casa de sus padres para pedirle la mano, horas más tarde de terminar su primer día de trabajo en el taller de coches que lo contrató, su oficio y lo que tan bien se le daba.
Al año se casaron y dos después Said llegó a casa comunicando a su esposa que el negocio cerraba. Al ver la preocupación en la cara de Hanna, la consoló explicándole la idea que habían tenido su compañero Ismael y él.
Le iban a comprar el motocarro al dueño y se irían a Sebta a por mercancía para venderla en el pueblo.
—No te preocupes por nada, hemos estado preguntando y se puede ganar incluso más dinero que en el taller. Ismael, que así se llama el compañero, conoce a mucha gente y con los mejanis no tendremos problemas. A la mayoría le hemos arreglado sus coches.
—Te aseguro que a Hamido no le faltará de nada —le dijo a la vez que le tocaba la barriga.
Ella, tan orgullosa de su marido, confiaba tanto que ni reparó en pensar los problemas que existían en la frontera. Su felicidad todo lo disipaba. Ella era ajena a lo que rodeaba ese negocio: mafias, corruptelas, envidias.
Les costó más de lo esperado introducirse en el mundo de los porteadores, negocio cerrado al que solo puedes acceder de dos maneras: pagando un porcentaje o trabajando para los llamados l-mas’úl.
Ellos querían ser independientes, llegando a un acuerdo con los que mueven los hilos. Les dejarían trabajar a cambio de dos condiciones: una, que no podía trabajar con ellos nadie más, así evitaban que su negocio creciera; y la segunda tenía que ver con el oficio en el que tantos años habían demostrado solvencia, debían arreglar las furgonetas y camiones de cada uno de los distintos l-mas’úl.
Todo acordado, tanto Said como Ismael habían tenido mala experiencia trabajando para otros, decidiendo que había llegado el momento y la oportunidad de emprender su propio camino, siendo sus propios dueños. Y así, en los años que llevaban, se habían hecho un pequeño hueco a base de trabajo, siendo respetados por los llamados lmas’úl, que no vieron en ellos a alguien de quien tenían que preocuparse, sino más bien a dos mecánicos que los tenían a mano y gratis. Influyó también que el volumen de trabajo era cada vez mayor, a pesar de que la frontera estuviese cada vez peor.
Se despidió de Hanna con un beso, arrancó el motocarro y guardó lo que ella le había preparado en la guantera mientras sonreía. Se giró y la vio en la puerta despidiéndole como cada mañana. Se marchó en busca del compañero, lanzando un beso al aire y una sonrisa al espejo retrovisor.
Esa mañana Ismael se quedó arreglando una furgoneta de uno de los policías de la frontera, mientras Said fue a por mercancía a las naves próximas. Hoy el porteo era de botes de crema de cacao. Preparó el macuto con los cuarenta kilos exigidos para él y se dirigió de vuelta a depositarlos en el motocarro.
A Ismael le quedaba más tiempo de lo que creía, al tener una avería de mayor envergadura, por lo que Said siguió con el porteo.
Entraba en sus planes. Era frecuente que uno de los dos se quedara arreglando algún vehículo.
Said, con las fuerzas y ánimos que acostumbraba, siguió dando los portes. Cuando terminó el tercero, cogió de la guantera el aperitivo de Hanna, decidiendo hacer un descanso cuando cruzase la frontera.
Siguió recto, pasó la rotonda y, en la explanada trasera de la parada del autobús, junto a la playa, mirando la otra orilla del mar, con Fnidek tan cerca de la vista y tan lejos para lo demás, se dispuso a coger fuerzas con aquel almuerzo. Al abrir el papel de aluminio, sonrió.
Sintió frío entre la cuarta y quinta costilla. Se giró y oyó los siete muelles de una navaja, a la vez que notó fuertes golpes punzantes que le atravesaban el cuerpo. Tres navajas. Después de varias puñaladas, se quedaron clavadas en su cuerpo, agarradas por tres brazos que no pudo distinguir. La visión se había empezado a nublar.
Said no pudo hablar. De su boca salía un hilo de sangre y de sus ojos se marchaba la vida. Frente a él, tres jóvenes absortos, convertidos en demonios, observaban cómo manaba sangre por cada una de las puñaladas, cómo unos ojos se cerraban y un cuerpo caía.
El peso de su víctima provocó que despertaran del trance, dejando allí, con un trozo de papel de aluminio en una mano, aquella asignatura que les faltaba por aprobar y de la que lograron sacar buena nota.
Con las manos manchadas de mucha sangre, no corrieron. Eran tan fríos que sabían que no debían llamar la atención y, además, los hombres valientes, como así se sentían, no lo hacen.
Se posicionaron en un montículo, lo suficientemente lejos para no ser relacionados con aquel hombre tirado en el suelo, pero también cerca para no perder detalle y seguir recreándose de su hazaña…
—La finita ha entrado como mantequilla, creo que le pinché en el pulmón.
—Yo quería clavarle en el corazón, pero noté algo duro. Pensé que era verdad eso que dicen, que los curdos no lo tienen.
—El hijo puta se ha muerto muy pronto, en las películas dura mucho más. Los tres rieron, continuando con la conversación, observando cómo se aproximaban a su asignatura aprobada quienes se apeaban del autobús, aglomerándose cada vez más gente.
—¿Qué os ha parecido? —dijo «dos».
—Yo he sido el que lo ha matado, que le clavé la finita —argumentó «tres».
—He sido yo —replicó nuevamente «dos»—. ¿Y tú no dices nada?
—Estaba recordando sus ojos. Debía haber tardado más en morir, el perro no ha dicho ni una palabra —dijo «tres» con rabia.
Las primeras sirenas provocaron que los tres marcharan de allí.
Al otro lado de la frontera, un amigo preocupado por la larga espera seguía sin recibir respuesta de las llamadas que había realizado. Preguntó a los porteadores y nadie sabía nada. Nunca nadie sabe nada.
Hanna había dado de comer a los niños. Ella estaba esperando a que viniera su marido para hacerlo con él. No estaba preocupada, no tenía motivos, ya que pensaba que se habría entretenido vendiendo la mercancía y después habría ido a comprar algo al zoco, a la vez que decía en un susurro: «tendría que comprarme un teléfono».
De Hanna, Hamido y Yousef nadie se acordó jamás. Nadie se preocupó por qué pasó al día siguiente, quién les dio la noticia, cómo crecieron sus hijos o cómo fue la de ella sin su marido.
A veces la vida no cambia por una gran decisión, ni por errores o aciertos propios, ni incluso por una deuda pendiente. A veces cambia porque un día cualquiera, a una hora cualquiera, alguien se cruza con un monstruo. Said salió aquella mañana a trabajar. Hanna se quedó esperando para comer con él. Hamido y Yousef siguieron siendo niños unas horas más. Y, sin embargo, la vida de todos ya estaba rota por culpa de tres demonios que decidieron jugar a ser dioses.
La muerte de Said provocó que muchos se preguntaran qué le está pasando a esta sociedad y otros respondieran con resignación que son fallos del sistema.
Los expertos hablaron de familias desestructuradas, ambientes propicios o factores individuales como consumo de sustancias o experiencias traumáticas.
Al poco tiempo se dejó de hablar de Said y de sus tres asesinos. La sociedad prefiere seguir viviendo, tapando según qué cosas, quizás como mecanismo de defensa o tal vez para no sentirse perdedora.
Los tres fueron identificados y se interesó su detención por la Fiscalía de Menores.
«Uno» mantuvo un perfil bajo hasta que estuvo próximo a cumplir la mayoría de edad.
«Dos» decidió huir a Marruecos por otros delitos graves.
«Tres» fue detenido a los pocos meses e ingresado en el centro de reforma de menores «Punta Blanca», del que se escapó, siguiendo con su vida en la barriada de El Príncipe. Ante la presión ejercida, se marchó a la Península en moto de agua, siguiendo con su vida delictiva primero en Algeciras y posteriormente en la Costa, donde fue detenido por numerosos delitos graves.
La vida continuó sin Said. «Uno», «dos» y «tres» nunca fueron niños y sí condenados como tales. Un día decidieron ser dioses, convirtiéndose para siempre en demonios, haciendo que la vida de Hanna, Hamido y Yousef fuese por su capricho un infierno.
LA HISTORIA CONTINÚA
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