MI TAQUILLA
Hoy quiero hablar de un rectángulo metálico, hueco y estrecho, donde con un par de estantes vencidos y unas perchas conviven uniformes de verano con alguno de invierno, ropa de calle, papeles acumulados, bolsas vacías y un sinfín de pequeñas cosas que se han ido quedando allí desde la última limpieza y que seguramente seguirán hasta la próxima.
Esa es mi taquilla.
La mía no tiene candado. Sigo con la llave original de su cerradura, una de esas llaves que a veces abre y otras decide que no. Entre eso y los olvidos de mi mala cabeza, más de una vez tuve que forzarla con los grilletes, hasta que terminé por acostumbrarme a cerrarla sin llave.
Quizá porque, en el fondo, hay cosas que nunca estuvieron del todo cerradas.
Llego a comisaría con mi vida normal.
Subo los escalones con esa fuerza y alegría que te da el inicio del servicio. Todavía soy el mismo. El mismo nombre, los mismos apellidos e iguales problemas y preocupaciones que cualquier persona corriente.
Voy tarareando esa canción que llevo metida en la cabeza desde que me levanté y que no consigo quitarme.
Me asomo por los pasillos por si coincido con alguno de los míos o con algún compañero del turno saliente. Busco el banco de hierro descascarillado que uso de apoyo y sigo con ese soniquete del estribillo, como si la vida todavía fuera una cosa sencilla.
Abro la puerta.
Y está lo que dejé.
La camisa.
El pantalón.
El ceñidor.
La gorra.
Los papeles.
Las pequeñas cosas que uno va dejando sin saber muy bien por qué.
Pero dentro no está solo eso.
Dentro está aquello que soñé ser.
Empieza entonces el ritual de cambiarme.
Porque sí, es un ritual.
El mismo que subía las escaleras pensando en sus problemas cotidianos empieza a transformarse en otra cosa. En alguien capaz de anteponer a los demás. En alguien que deja fuera, durante unas horas, su nombre y sus apellidos para convertirse en respuesta.
Tu identidad se transforma en un carné profesional.
Dejas de ser solo individuo para ser organización.
Engranaje.
Presencia.
Ayuda.
POLICÍA.
Al abrir mi taquilla, junto al uniforme, despliego mi capa para ver a cuántos puedo rescatar.
Y cuando hablo de disfraz, de sueño, de superhéroe y de anteponer, lo digo sin vergüenza. Lo digo sabiendo perfectamente lo que significa. Y lo sabe quien alguna vez sintió ese orgullo al empezar el ritual.
No por creerse invencible.
Ni por encima.
Ni más que nadie.
No por confundir uniforme con superioridad.
Al contrario.
Desde la humildad de saber que somos más vencibles de lo que parecemos.
Que debajo de la camisa sigue habiendo piel.
Que debajo del ceñidor sigue habiendo miedo.
Que detrás de la placa sigue habiendo un sentimiento.
Pero también desde el orgullo de quien sabe lo que le costó llegar hasta aquella taquilla.
Cada día, durante veintisiete años, hubo un momento en el que se me aceleraba el pulso.
No era al entrar en una casa complicada.
No era al pisar una calle difícil.
No era al escuchar por la emisora que algo se había torcido.
Era antes.
Era al ponerme la camisa.
Era al ajustarme el ceñidor.
Era al notar el peso de todo aquello que me recordaba que volvía a ser lo que siempre quise ser.
No se me aceleraba el pulso por creerme lo que no era o por no saber lo que iba a pasar.
Se me aceleraba por ser consciente de haber llegado donde quise.
Por el orgullo de cumplir y mantener un sueño.
Por esa sensación difícil de explicar de abrir una taquilla y encontrar dentro, colgado en una percha, al niño que un día quiso ser policía y al hombre que lo consiguió.
Mil vidas naciera, mil veces lucharía por volver a ponerme un uniforme.
Eso también hay que decirlo.
Porque el daño recibido y el trato infligido no borran el orgullo de lo que hice y de cómo me sentí haciéndolo.
El cansancio no borra la vocación.
La herida no borra el sueño.
La desidia de otros no provocó desgaste en mí.
Yo quise ser policía.
Lo quise de verdad.
Quien requiere a la policía espera que quien llegue sea la solución.
Pero a veces no siempre lo eres.
Es posible que el problema sea más grande que tu pequeña aportación.
El problema es que la ilusión te vuelve iluso, y el iluso, además de perder la razón, confunde la realidad de lo que ve.
Y no hace falta contar mucho más.
Ese choque con la realidad se produce cuando, en la soledad del mismo pasillo en el que abriste la puerta de tu taquilla, ahora la cierras olvidando aquella canción, porque lo que está ahora en tu cabeza es el eco de lo sucedido durante unas horas.
Al empezar a cambiarte parece que todo va a caber en tu taquilla.
Cabe la camisa.
Cabe el pantalón.
Cabe el ceñidor.
Cabe la gorra.
Cabe el sueño.
Pero ya cuesta trabajo que entre el orgullo.
Intentas dejar ahí dentro la memoria de lo vivido, pero eso no entra.
Y lo que nunca cabe son las grietas del sistema.
Intentas cerrar con fuerza la puerta de tu taquilla, con la máxima de que todo lo que sale debe entrar, pero has regresado con más de lo que llevabas.
Te sientas en el mismo banco de hierro descascarillado, frente a la misma puerta metálica, pero ya no eres exactamente el mismo que la abrió unas horas antes.
Intentas ordenar fuera lo que por dentro viene desordenado.
Quieres dejarlo allí.
No hace falta explicar qué.
Solo dejarlo allí.
En ese rectángulo metálico.
En ese hueco estrecho.
En esa taquilla vieja que ha visto entrar a un hombre y volver a otro.
Pero una taquilla no tiene tanto sitio.
Puede guardar uniformes de verano y de invierno.
Puede guardar papeles que nadie ordena.
Puede guardar bolsas vacías.
Puedes poner encima unas botas manchadas que el agua a presión no ha logrado limpiar.
Puede guardar el olor del servicio.
Puede guardar incluso el orgullo de haber sido lo que soñaste.
Pero no puede soportar toda la carga que le traes.
Los estantes ya están vencidos.
Las perchas bastante hacen con sujetar la ropa.
La puerta cierra mal.
Y la llave ya te diste por vencido de pelearla.
Y aun así tú intentas meter dentro lo que no quieres llevarte a casa.
Aprietas un poco más.
Empujas.
Acomodas el uniforme.
Recoges los papeles.
Pones cada cosa en su sitio, como si ordenar la taquilla pudiera ordenar también la noche.
Pero no cabe.
Hay cosas que no caben.
Y entonces cierras.
Sin llave.
Con ese golpe metálico que parece decir que todo ha terminado.
Pero no.
Bajas las escaleras vestido de paisano, intentando volver a tu vida normal. Intentando recuperar tu nombre, tus apellidos, tu casa, tu manera de ser antes de que empezara el servicio.
Y bajas con ello.
Con lo que no cupo.
Con lo que la taquilla no pudo guardar.
Con lo que no querías llevarte y, sin embargo, se va contigo.
No hace falta entrar en el porqué no debería ser lo que es.
Durante años, la profesión y la experiencia te enseñan a solucionar problemas ajenos. Aprendes a llegar cuando otros llaman. Aprendes a hacerte cargo. Aprendes a ser respuesta.
Pero nunca aprendí que no todo podía quedarse dentro de mi taquilla.