LAS BOTAS
Hoy quiero darle protagonismo a un objeto: las botas del servicio.
Que no dejan de ser eso, si uno las mira desde fuera: cuero, cordones, goma en la suela y poco más.
Una parte más del equipo de trabajo. Te las amarras fuerte al empezar el servicio y, cuando todo termina, las dejas fuera de la taquilla, en la parte de arriba. Quietas. Esperando a que llegue otra noche.
Botas que te calzas con la ilusión y la fuerza que te da empezar una nueva jornada. Entre saludos, risas y chascarrillos con el compañero que coincide contigo cambiándose. Esa fuerza con la que uno empieza, pensando todavía que el cuerpo aguanta, que la cabeza está en su sitio y que la noche será otra aventura.
La misma fuerza que después tienes que buscar, y no encuentras, para descalzarte y volver a ponerlas en su sitio hasta la próxima.
El motivo de querer aprovechar esta intimidad que me permite este rincón del blog para dotar a unas simples botas de servicio de personalidad es por todo lo que con ellas he pisado, andado y avanzado.
En mi caso, conocieron el Príncipe casi a la misma par que yo.
Juntos descubrimos callejones estrechos y problemas anchos. Me hicieron más fácil subir cuestas en las que me faltó el aire. Me ayudaron a correr detrás de alguien al que incluso llegué a alcanzar. Las manché de polvo, de barro, de tierra, de lluvia. Pero también de sangre, de miedo, de penas y de injusticias, de situaciones incomprensibles y de actuaciones que no deben trascender.
La sociedad duerme mejor sin saberlas.
Porque con el agua a presión de la manguera no sale todo.
Algo queda.
Algo permanece.
El ruido de nuestras botas al caminar era el anuncio de que algo iba a cambiar. No hacía falta decir demasiado. Ya hablaban las botas.
Se habla mucho del camino que hicimos, pero ese trayecto se realizó paso a paso. Y cada paso dado era una duda, una incertidumbre, una decisión. Siempre con esa sensación de que un mal paso podía echar por tierra todo lo andado.
Porque las decisiones no siempre se toman con palabras bonitas.
A veces se toman con los pies en el suelo.
Y el suelo del Príncipe no perdonaba los errores, ni las dudas, ni las medias tintas.
Mis botas saben quién estuvo a mi lado. Quién pisó igual de firme. Quién caminó conmigo sin tener que mirar atrás. Porque una de las mayores seguridades no era oír unas botas detrás, sino sentirlas al lado.
Siempre me sentí afortunado de rodearme de las mejores botas.
También me reía cuando escuchaba aquello de que ponerse mis botas era lo más fácil. Que ya aquello, por el Príncipe, era un paseo. Que cualquiera lo podría hacer. Y desde luego imitadores hubo.
Pero hubo imitadores que no llegaron ni a mancharse las botas.
Porque la diferencia que les fastidiaba, la que no asumían, seguramente por desconocimiento, era que para alcanzar ese ansiado reconocimiento que perseguían, ese respeto que no se ganaron y ese camino que no andaron, antes había que pisar lo mismo que pisaron mis botas.
Y mis botas entraron en casas que no deberían existir.
Se enfrentaron a monstruos humanos.
Y dieron el paso que el manual te recomienda no dar.
Ponerse mis botas suponía aceptar decisiones, responsabilidad y cansancio.
Pero también suponía aceptar los errores.
Aceptar el miedo.
Aceptar las dudas.
Aceptar el peso.
Calzar mis botas también suponía aceptar mi carga.
Y eso… eso no lo asumían.
Pero lo criticaban.
Muchos querían el brillo de las botas limpias, pero no el peso de las botas manchadas.
Querían las palmadas de los despachos del día, pero no la noche.
Querían la autoridad, pero no la soledad.
Querían la historia, pero no las consecuencias.
Al meter los pies en mis botas asumía que no iba a dar un paseo. No era mirar el reloj para calcular cuándo sería el descanso, el café o el regreso. Era entrar donde nadie lo hacía. Era volver donde otros solo pasaban. Era pisar fuerte en un terreno donde el miedo quería mandar solo.
Nuestras huellas permanecieron por la firmeza de nuestros pasos.
Y por mucho que lo intentaron, nadie puede borrar lo que mis botas hicieron.
Podrán contarlo de otra manera.
Podrán discutirlo.
Podrán rebajarlo.
Podrán hacer como si aquello no hubiese ocurrido.
Podrán incluso intentar escribir otra versión más limpia, más cómoda, más presentable.
Podrán.
Podrán.
Podrán intentarlo.
Pero cuando pisas de verdad, no hay maquillaje ni memoria interesada que pueda borrarlo.
Porque mis botas estuvieron allí.
Y cuando unas botas han pisado la verdad de verdad, no hay mentira que pueda limpiarlas del todo.
También está esa expresión de morir con las botas puestas.
En mi caso no significa caer en una calle.
Significa aguantar de pie mientras algo dentro de ti se va apagando.
Seguir pisando cuando ya estás cansado.
Seguir entrando en despachos que desean tu caída.
Seguir caminando cuando notas que algunos esperan que tropieces.
Seguir pisando fuerte cuando por dentro ya empiezas a no reconocerte.
Y por fuera ni te cuento.
Porque llega un momento en que el espejo te pregunta:
“¿Quién eres?”
Y tú, sonriendo, le contestas:
“El mismo de siempre.”
Pero quien sonríe con tu respuesta es el espejo.
A veces mueres con las botas puestas sin que nadie lo note.
Sin que tú mismo lo sepas.
Pero tus botas sí.
Ellas notan tu caminar distinto. Notan cuándo ya no pisas igual. Notan cuándo el peso no viene del barro, ni de la lluvia, ni del cansancio físico. Notan cuándo algo dentro de ti se ha ido quedando por el camino.
Ellas lo saben mejor y antes que nadie.
Durante años pensé que bastaba con seguir andando.
Uno cree que mientras las botas aguanten, uno también aguanta. Que mientras seas capaz de atarte los cordones, salir al turno y volver a cruzar el callejón, todo está en su sitio. Que el cuerpo obedezca parece suficiente.
Hasta que un día descubres que no.
Que las botas siguen ahí, pero tú ya no eres el mismo que las llevaba.
Que el cuero envejece por fuera, pero hay algo dentro de ti que se ha ido gastando en silencio.
Que cada paso también pesa.
Que cada noche deja algo.
Que cada callejón atravesado se queda en alguna parte.
Termina el servicio.
Apagas el ordenador.
Cierras el despacho.
Subes a cambiarte intentando creer que, al quitarte el uniforme, también se quedan allí más cosas.
Te sientas.
Desatas los cordones.
Aflojas la presión.
Las apartas a un lado.
Y es entonces cuando te das cuenta de lo que pesan.
No pesan por el cuero.
No pesan por la suela.
No pesan por el barro.
Pesan por todo lo que han pisado.
Y vuelves a ponerlas encima de la taquilla, creyendo que todo ha terminado ahí.
Pero no.
Las botas se quedan quietas.
Manchadas.
Vencidas.
Como dos testigos mudos.
Y tú te marchas.
Más apagado.
Más triste.
Más cansado.
Has dejado algo más.
Algo que no se ve.
Algo que no se cuenta.
Algo que nadie te pidió, pero que fuiste entregando paso a paso.
Y aunque cierres la taquilla, aunque salgas del vestuario, aunque intentes volver a ser el mismo de antes, hay caminos que se quedan dentro.
Siguen ahí.
En la memoria.
En la suela gastada.
En el silencio de quien sabe dónde estuvo.
En todo lo que no se contó.
Porque unas botas pueden quedarse en lo alto de una taquilla.
Pero lo que pisaron, no.
Las botas más afortunadas del mundo, son las que han sufrido el camino. Las botas del Policía. El resto no es más que el calzado de un funcionario.
no consiste en andar, ni en hacer camino. lo que queda es con quien tuve la suerte de compartirlo.